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Problemas de conducta


Problemas de aprendizaje

Los problemas de conducta son comportamientos inapropiados para la edad o el nivel de desarrollo del niño o adolescente, ya sea por el tipo de conducta, su frecuencia, duración o intensidad. Por ello, no todas las conductas perturbadoras o socialmente inadecuadas se pueden calificar como problemas de conducta, sino que hay que descartar aquellas que se presentan normalmente en determinadas etapas del desarrollo y generalmente se van reduciendo hasta desaparecer o presentarse con muy baja frecuencia.

Los problemas de conducta incluyen un amplio número de comportamientos que desafían el control y el poder de los padres y otras personas de autoridad, como por ejemplo rabietas, enfados exagerados, desafíos, mentiras, chantajes, negación o falta de obediencia ante las peticiones de figuras de autoridad, falta de responsabilidad ante sus actos y un largo etcétera. Como se ha indicado anteriormente, esas conductas pueden ser consideradas normales o problemáticas, dependiendo de cómo y cuándo se manifiesten.

Las distintas áreas del desarrollo infantil generalmente se desarrollan armónicamente, de manera que el niño se pueda adaptar a las exigencias del medio. Cuando algún área no se desarrolla adecuadamente, pueden surgir problemas, incluyendo los de conducta. Por tanto, los problemas de conducta pueden tener un origen muy variado, entre los que destacan:

  • Dificultades cognitivas específicas o generales: por ejemplo, alteración en el control de impulsos y de la actividad motora, poca flexibilidad mental, dificultades en memoria de trabajo, falta de previsión de consecuencias, etc.
  • Problemas emocionales por determinadas situaciones familiares/escolares difíciles, así como baja autoestima, sintomatología ansiosa o del estado de ánimo, dificultades en el reconocimiento de sentimientos propios y ajenos, falta de control de la expresión emocional, etc.
  • Dificultades en las habilidades sociales: se incluye el aprendizaje de un estilo agresivo o inhibido, la falta de adquisición de normas sociales y de los derechos asertivos.
  • Estilos educativos inapropiados: incoherencia en las pautas educativas de los padres, estilos educativos excesivamente estrictos o laxos, nivel de exigencias y expectativas no adecuado (por exceso o por defecto) al nivel de desarrollo del niño o adolescente, por imitación de los patrones de comportamiento inadecuados observados en la familia o entorno social (por ejemplo, agredir para conseguir las cosas), dificultad de los padres u otros profesionales para establecer los roles en los distintos contextos, falta de adquisición de hábitos de autonomía, de responsabilidades propias de la edad o de establecimiento de rutinas, entre otras.
  • Características biológicas: por un lado, cada niño nace con un temperamento que puede ser más o menos fuerte, con mayor o menos capacidad para alterarse y calmarse; pero además hay aspectos genéticos y/o neurobiológicos que hacen más probables determinados comportamientos (por ejemplo, aquellos trastornos que implican falta de control de impulsos).
  • Enseñanza/aprendizaje: en este origen se encuentras aspectos incluidos en los anteriores epígrafes (es decir, las capacidades cognitivas, emocionales, e incluso las consideradas dentro de lo biológico son susceptibles de modificarse por el ambiente). Las personas aprendemos de muchas maneras, como el aprendizaje vicario (a partir de lo que vemos), el moldeamiento (adquirir poco a poco las habilidades hasta que sean las correctas) o el reforzamiento, extinción y castigo (las consecuencias que se obtienen de los comportamientos aumentan o disminuyen su probabilidad de ocurrencia posterior); estos últimos destacan por ayudar al mantenimientos de las conductas inapropiadas, aunque no sean el inicio o desencadenante de estos problemas.

Generalmente no hay una única causa.

La intervención depende, lógicamente, de las causas; por ello, debe establecerse de manera individualizada a partir de una evaluación completa de las distintas áreas del niño o adolescente y de su entorno más cercano. Dependiendo del origen, el tratamiento variará y se destinará en diferente medida a padres (u otros adultos, dependiendo de dónde tenga lugar los comportamientos) e hijos. Por ejemplo, en el caso de problemas de conducta en los que los comportamientos principalmente se están manteniendo porque el niño obtiene beneficios (atención por parte de los padres, aquello que pide, evitar responsabilidades, etc.) pero no hay otras dificultades, la intervención se dirige principalmente a los padres, para que modifiquen las consecuencias de los actos de los niños; en cambio, en aquellos casos en los que hay una falta de control de impulsos y falta de habilidades sociales y emocionales, la intervención se centra en dotar al niño de estas capacidades poco desarrolladas, además de fomentar de técnicas de manejo conductual adecuadas para que los padres u otros profesionales con los que se presentan los problemas las pongan en marcha en el entorno natural.

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